Retiro de Egina 2022
Al comienzo de esta meditación me gustaría considerar brevemente el significado de la palabra «glorificar» en el tema del retiro. ¿Qué es la gloria? ¿Cómo se puede definir?
En primer lugar, y obviamente, es la Palabra de Dios la que nos habla de la gloria y de cómo glorificar.
Los términos hebreos que traducen las palabras gloria, glorificar, etc. derivan de una raíz que evoca la idea de peso. Por lo tanto, la gloria es lo que da peso, es decir, importancia, a alguien o algo, ya sea desde un punto de vista material o espiritual. Por ejemplo, la riqueza. Se dice que Abraham «era muy rico en ganado, plata y oro» (cf. Gn 13,2), o en autoridad y otras formas de prestigio: «Oh Señor, Señor nuestro, cuán temible es tu nombre en toda la tierra» (Sal 8,6). La gloria representa el valor de una persona o una cosa, lo que realmente es o debería ser a los ojos de Dios o de la sociedad humana.
Si queremos definirlo en términos simples, podemos traducirlo con la siguiente frase: «La gloria es la manifestación sensible de la Presencia de Dios«.
Por tanto, y ante todo, es «una manifestación sensible y concreta«. De hecho, en el Antiguo Testamento, la gloria de Dios está ligada en particular a los fenómenos del relámpago y del trueno o a la de la nube, que representa de manera visible la presencia invisible de Dios.
La Gloria de Dios tiene una característica tal que, a través del despertar de nuestra sensibilidad, es decir, a través del hecho de que estemos dentro o fuera de algo, tocados por algo, visualizando algo, oyendo algo o sintiendo algo, tocando algo, el evento me está indicando que Dios está presente, que Él está allí, y que a través de la manifestación puedo conocerlo como realmente es.
Básicamente, la Gloria de Dios es como un Sacramento, es el signo visible de la presencia invisible y la acción de Dios. Aquel a quien no podemos ver nos manifiesta el misterio de Su presencia, las cualidades divinas de Su ser y los efectos de Su acción sublime a través de un signo visible y audible. Un pasaje del Antiguo Testamento ilustra maravillosamente la gloria de Dios: cuando Moisés baja del monte Sinaí, teniendo en sus manos las dos tablas de la Ley, su rostro irradiaba luz porque había hablado con el Señor, indicando que era el Señor mismo quien le había transmitido el contenido de la Ley. Esta es la misma razón por la que muchas personas de diferentes naciones vieron aparecer el rostro de nuestro Señor en el rostro de Vassula. Esta es una forma efectiva de decirnos que es realmente Él quien está presente, es realmente Él quien es el Autor de los Mensajes, es realmente Él quien nos habla.
Esta es también la razón por la que siempre debemos honrar las señales y milagros que podemos ver, porque nos muestran la presencia de su autor y nos prueban la acción siempre amorosa y benéfica de Dios para con sus hijos. Es el Señor mismo quien lo dice en el Mensaje del 20 de septiembre de 1987: “Hija Mía, deseo que cada vez que les dé una señal de Mi Presencia, por muy pequeña que sea, Mi Santa Sede glorifique Mi señal, bendiciéndola. Quiero que el mundo conozca Mi Presencia, Mis Riquezas, Mi Misericordia y Mis Obras Divinas. Deseo que Mi Santa Sede propague las señales que Yo doy a mayor escala, alimentando al mundo”.
El apóstol Juan nos habla al comienzo de su Evangelio sobre este misterio de la visibilidad de Dios: «Y el Verbo se hizo carne… y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, la gloria como del Hijo único del Padre» (Jn 1, 14). Y más aún, en su primera carta:«Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y tocado con nuestras manos se refiere a la Palabra de vida. porque la vida se hizo visible; nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y que nos fue manifestada. Lo que hemos visto y oído, ahora os lo anunciamos.» (1 Jn 1:1-3)
Solo el Señor tiene la capacidad, a través de la percepción de nuestros sentidos, de llevarnos al verdadero Conocimiento: “cuando Yo suscito almas por la Gracia, de este modo misterioso, y ellas ven lo que ningún ojo jamás vio, y oyen lo que ningún oído jamás oyó, y aprenden cosas que están por encima de la mente del hombre, soy exaltado en Mi Gloria.” (21 de junio de 1999).
Lo que la Iglesia necesita hoy, para volver a ser lo que fue, lo que Dios ha querido que fuera, es precisamente manifestar la Gloria de Dios, es decir, hacer visible su Presencia, para que Dios renueve y embellezca su Cuerpo Místico. Dios está siempre con nosotros, no se aleja ni un milímetro de nuestro corazón, a menos que nuestro pecado le ordene retirarse. Pero está allí como en silencio, esperando. Es a través de la manifestación de Su Presencia que todo cambia, que se realiza la Verdadera Vida de nuestras vidas, que se hace posible la unidad en la diversidad, que se puede realizar la conversión de nuestra era, que se realiza la apertura de nuestros corazones, que crece la armonía con Dios y entre nosotros, que el nuevo Pentecostés nos llena de luz y paz. Solo la gracia de su manifestación puede cambiar el mundo. Y tenemos el poder de hacer que suceda glorificándolo. «¡Gloria a ti, Señor!» (100x «gloria a Dios» en el VVD). Por lo tanto, debemos buscar esta Gloria de Dios, anhelarla, pedirla, implorarla, suplicarla con insistencia y persistencia a través de la oración continua: “Cuando digo: “Revive Mi Iglesia”, o “Embellece Mi Iglesia”, o “Une Mi Iglesia”, quiero decir que ores, ores, y ores incesantemente, que ores con el corazón, que Me ames fervientemente. Y con tus expiaciones, que se unirán a las de Mis santos mártires, Me glorificarás. Sí hija, con tus expiaciones y tus oraciones fervientes, ofrecidas a Mí con amor, puedes modificar desastres venideros. Puedes modificar desastres naturales, puedes extinguir la ira llameante de Mi Padre. Dios puede apaciguarse, puede apaciguarse con tus plegarias. Tú puedes embellecer Mi Iglesia. Puedes reunir a Mi Pueblo bajo Mi Nombre, para celebrar la Misa alrededor de un solo altar “.20 de octubre de 1990
¿Qué más queremos? ¿Qué estamos esperando para poner más carbón en el horno de nuestros corazones, aumentando nuestra adoración y nuestra alabanza? ¿Qué estamos esperando para escuchar seriamente la Voz de Dios, abajándonos a nosotros mismos para que Dios pueda crecer en nosotros? ¿Ser modestos para que su Espíritu pueda ser visto en nosotros? ¿Morir a nosotros mismos para que Dios pueda vivir en nosotros? ¿Permitirle tomar plena posesión de nuestras almas y que éstas pasen a ser de su propiedad? Dejar de luchar por llegar a ser algo, sofocando el Espíritu de Santidad que quiere vivir en nosotros, porque debemos recordar en nuestra mente que la humildad, la docilidad y la modestia son las virtudes esenciales que agradan a Dios, y que con ellas nos volvemos pobres de espíritu y, por tanto, irreprensibles (cf. 18 de marzo de 1991). ¡Esto es lo que Lo glorifica…! ¡Gloria a ti Señor…!
La obra de la Verdadera Vida en Dios está llena de mensajes que nos dan muy buenos consejos para glorificar a Dios. Es además un mandamiento de Dios, porque en varias ocasiones nos invita con un imperativo: «Glorificadme» (en más o menos cien mensajes)
Entonces, ¿cómo podemos glorificar a Dios? ¿Cuáles son los medios disponibles para glorificarlo? Permítanme leerles algunos pasajes cortos de la VVD donde el Señor nos indica los principales medios a través de los cuales podemos apreciar plenamente Su Presencia.
– El 13 de mayo de 1989, el Señor nos dice que las virtudes son la gloria de Dios: «glorifícame permaneciéndome fiel«. Fidelidad, paciencia, generosidad, justicia, humildad, fuerza, sinceridad y cientos de otras virtudes… son la manifestación sensible de Dios. Aquellos que ven al hombre virtuoso ven a Dios presente y activo en ese hombre.
– El 24 de marzo de 1988, Nuestra Señora indicó otra virtud muy importante. Nos dijo: «glorifícale obedeciendo Su Voluntad, siendo Su mensajera«. La obediencia, – esto es interesante -, es una virtud que se forma viendo otras virtudes. En efecto, hablando de la obediencia de los hijos a sus padres, el Señor dijo: «Muchos padres se quejan de la desobediencia de sus hijos, mientras que ellos Me hacen exactamente lo mismo a Mí. ¿Por qué? ¿Realmente pueden afirmar que tienen en abundancia bondad, paciencia y tolerancia? Si realmente tuvieran todas estas virtudes, sus hijos tendrían también la virtud de la obediencia y los honrarían a ambos.» (5 de agosto de 1990).
– El 23 de octubre de 1988, el Señor dijo: «Glorificadme deseándome; ten sed de Mí, como una flor que necesita agua…». Vassula agrega esto en una nota al pie:«Desear a Dios es también glorificarlo. Si no lo deseáis mientras estáis en la tierra, aprenderéis a desearlo en el Purgatorio; en un purgatorio destinado a sentir el deseo de Dios». Esto es lo que hacemos cada vez que recitamos la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús:«para que mis motivos sean Tus motivos, mis deseos, Tus Deseos… Solo te desearé a Ti… Quiero ser víctima de Tus ardientes deseos…apresa mis ojos, mis pensamientos y mis deseos para que sean cautivos de Tu Sagrado Corazón» . (26 de enero de 1992).
– El 13 de mayo de 1989, el Señor dijo: «Pronuncia Mi Nombre siempre y en todo lugar; habla de Mí, eso Me glorifica» o el 4 de marzo de 1991: «Me has preguntado si tienes que salir a dar testimonio como lo haces ahora; Sí, es necesario, no es que Yo te necesite, pero, Vassula, salir a dar testimonio en Mi Nombre, Me glorifica y al mismo tiempo te purifica«. Cada palabra que se dice de él lo glorifica, y el Señor especifica: «Me glorificas cada vez que pronuncias Mi Nombre con amor» (24 de junio de 1994).
– El 12 de agosto de 1991, el Señor dijo:«¿Queréis glorificarme? Entonces ámadme y adóradme; la puerta del Cielo son vuestras oraciones a Mí. Quiero oraciones que salgan de vuestro corazón; por eso os digo: orad, orad, orad «.
“Revelación” es ciertamente un sinónimo de la palabra gloria. Aquí hay un diálogo entre Jesús y Vassula:
«¡Oh Vassula, cuánto anhelo el día de gloria! Jesús. El día de gloria, ¿qué significa eso? Os diré: será el día en que todas las revelaciones serán sacadas a la luz; será el día en que todo lo que ha sido escrito por Mí y por Mi Padre será sacado a la luz; la Verdad no será ocultada» (26 de enero de 1987).
Algunos otros pasajes, como este, a granel, sin comentarios:
– «Te recordaré que todas las gracias que recibes de Mí, son para Mi propia Gloria; cada gracia que recibas de Mí será para Mis propios intereses y no para los tuyos» (19 de mayo de 1987).
– «La unión de Mi Iglesia será la Gloria de Mi Cuerpo» (10 de junio de 1987).
– «Ten afán de glorificarme, a Mí, tu Dios, abrazando Mi Cruz» (20 de abril de 1991).
– «Hijita Mía, a causa de Mi Amor, he puesto a prueba tu fe y he hallado en ella Mi glorificación» (30 de marzo de 1992).
– «Ven, Yo mostraré Mi Gloria a través de tu nulidad» (1 de mayo de 1992).
– «Sí, te enviaré Mi Espíritu para que convierta tu alma en otro Paraíso, una nueva tierra donde nosotros estableceremos Nuestro hogar; un cielo, para que en este cielo nuevo sea glorificado triplemente» (3 de abril de 1995).
Y así sucesivamente con docenas de otros pasajes sobre la Gloria de Dios. Pero terminemos con una oración, porque más allá de las palabras, lo que importa es pedirle a Dios que haga posible su Gloria en nuestras vidas.
Gloria a Dios en lo más alto del Cielo
Gloria a Aquel que levantó mi alma
de las entrañas de esta tierra;
Gloria a la Luz tres veces Santa,
bajo cuyo poder todas las cosas
llegaron a existir;
Gloria a Dios, invencible,
incomparable en Su Autoridad;
Gloria al Inmortal
en quien hallamos la inmortalidad;
Que Tu Aliento, oh, Santísimo,
que es pura emanación de Tu Gloria,
nos anime, renovándonos
en un Cuerpo glorioso.
Amén.
((10 de noviembre de 1995))
