23 de abril de 1993

(Nuestra Santa Madre.)

Te bendigo, hijita Mía. ¡Christos anesti!

¡Alithos anesti!1

¡Ecclesia revivirá! ¡Ánimo! Satanás puede poner obstáculos en tu camino, pero Yo estoy cerca de ti para apartarlos. Cuando uno se decide por Dios, debe dejarlo todo para seguirle. Todo lo que haces no es en vano.

Vassula, un bautismo está por llegar, y ¡qué gran bautismo va a ser! Jesús bautizará la tierra con Fuego. Hasta entonces, Yo seguiré apareciéndome. Por eso ahora es el tiempo del arrepentimiento; ahora es el tiempo de la reconciliación. Os digo, queridos hijos, que el sacrificio que Dios os pide hoy es que cambiéis vuestras vidas y viváis santamente.

Dios está pidiendo a cada alma que se arrepienta. No digáis que sois demasiado miserables para que Dios os perdone, ni que el Altísimo ya no será compasivo. Dios viene a todos vosotros, incluso a los más miserables. Volved a Dios y Él volverá a vosotros. Venid a establecer vuestro hogar en Su Corazón, como Él establece el Suyo en el vuestro.

Sabed que sin fervientes oraciones no seréis capaces de ver el Reino de Dios. Su Reino sobre la tierra está al alcance de la mano. Recordad que lo que Dios desea de vosotros es un cambio de corazón. No tengáis miedo de reconocer vuestros pecados. Vivid y practicad el sacramento de la confesión.

Hijos Míos, os bendigo a todos.


1 Nuestra Santa Madre me saludó en griego, según la manera ortodoxa después de Pascua. En la ortodoxia tenemos la costumbre, después de Pascua, de saludarnos unos a otros diciendo: “Cristo ha resucitado”. El otro responde: “¡En verdad ha resucitado!”.