“El amor ya no es amor si no se comparte” Esto es lo que decía la Madre Teresa para indicar en qué consiste el amor auténtico, el amor verdadero, el amor tal como Jesús nos lo ha enseñado y nos ha mandado que vivamos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros” (Jn 13, 34).
“El amor ya no es amor si no se comparte”. La naturaleza misma del amor se encuentra, pues, en una comunión que es un compartir con los demás. Lo importante es dar y dar al máximo lo que está en nosotros. Unos, cinco talentos, otros, dos, otros, uno solo. No importa la cantidad, porque, como decía Santa Teresita del Niño Jesús, “amar es darlo todo y darse a sí mismo”. Si quisiéramos parafrasear al Señor, él podría decirnos: “da todo lo que tienes y yo haré el resto”. Y el milagro sucede. No nos preocupemos de saber dónde, cuándo y cómo actuará el Señor en el corazón de nuestro prójimo. Que nuestra única preocupación sea el darnos nosotros mismos. ¿acaso no hay más alegría en dar que en recibir?
Este único deseo de compartir es lo que ha motivado al Señor a ofrecernos la Obra de La Verdadera Vida en Dios. Ha dicho a Vassula: “te he escogido para que compartas todo lo que tengo” (25.10.88). Y a todos nosotros también nos dice: “os he dado todo lo necesario para elevar vuestra alma hacia Mí y compartir Mi Reino” (2.10.89); “como un hombre que invita a sus amigos a compartir su propiedad, Yo también os invito a compartir Mi Propiedad” (19.12.90); “¡venid! entrad en Mi Reino y compartid Conmigo todo lo que Yo tengo” (14.04.91)
Si lo propio del amor, lo que necesita el amor es compartir por medio del don y especialmente por el don de sí, el don de todo lo que poseemos, el pecado es en sí la ausencia de ese compartir, es guardarse de manera egoísta todo para sí, como ese personaje del evangelio que lo único que le preocupa es demoler sus graneros para edificar otros mayores, almacenar en ellos toda su cosecha y todos sus bienes y luego decirse: “¡Ah, qué feliz soy!. Tengo muchos bienes en reserva para varios años; ahora puedo descansar, comer, beber y gozar de la existencia…” Pero, pobre amigo, le contestará el Señor, ¿qué placer vas a sacar de todos esos bienes si “esta misma noche te reclamarán la vida?” (cf. Lc 12, 16-21).
Ahí está el origen de nuestra división. Sin compartir, no hay unidad posible. El Señor nos lo dice de una manera muy clara: “la unidad consiste en compartir la Sagrada Comunión, creyendo en Mi Presencia real en la Sagrada Eucaristía; la unidad, hijita Mía, es daros unos a otros vuestras riquezas;” (13.04.91). Como véis, es muy sencillo.
¿Por qué nos cuesta tanto compartir lo que somos y lo que poseemos? La razón está en el miedo a lo desconocido del otro, me diréis, debido a demasiados a priori inquietantes, o egoísmos, envidias, orgullo, etc. Ciertamente hay un poco de todo eso. Creo que una manera bastante clásica de manifestar esa dificultad de compartir es la presunción de creer ser los únicos detentores de la verdad. Es ver y percibir al otro a nuestra imagen y semejanza. “Espejito, espejito mágico, ¡dime quién es la más bella!” Esto atañe sobre todo a nuestros pensamientos. Nos encariñamos de algún modo de nuestra visión de las cosas, de una manera morbosa y unilateral.
Para ilustrar esta realidad, los padres del desierto nos cuentan una pequeña historia de dos monjes que se querían mucho el uno al otro, se servían entre sí y se ofrecían mutuamente lo que poseían, cada día, con mucho amor y alegría fraternales. Y he aquí que un buen día, estando los dos sentados, uno junto a otro, un pajarillo vino a posarse justo delante de ellos. Empezaron a discutir acerca de él. Uno creía que se trataba de un gorrión y el otro que era más bien un jilguero. Poco a poco, de manera lenta pero segura, esta discusión – ¿es un gorrión o es un jilguero? – los llevó a disputarse y a pelearse hasta llegar a las manos.
El hombre es capaz de hacer muchos favores a su prójimo, de ayudarlo a menudo, pero siempre que no le pidan renunciar a sus propias ideas, a su manera de ver un aspecto de la realidad. Nos sentimos casi ofendidos cuando contradicen una idea personal. Atrincherados entonces en la indiferencia y el rechazo del otro, se termina a menudo en la ruptura de nuestras relaciones interpersonales y la falta de interés en la diversidad del otro. Lo que es diferente de mí, no me interesa.
Sin embargo, no es a fuerza de razonamientos intelectuales y racionales como lograremos convencer a los demás de la Verdad que nos habita, sino que dependerá más bien de nuestra capacidad de dar testimonio del don de sí. El Señor dice: “di a todos los que Mi Corazón ha elegido que Yo nunca les fallaré; el Esposo proveerá a sus necesidades; que todos vean en ellos verdaderos testigos; que todos sepan que hay verdad en ellos por su manera de compartir;” (17.09.92)
Añado un último aspecto que describe también la sustancia misma del Amor Divino. Es el de la Misericordia. El Seño dice: “amaos los unos a los otros, estad en paz unos con otros, perdonad como Yo perdono vuestros pecados, retribuid el mal con el amor, ¡sed buenos! ¡sed perfectos!” (14.07.88). Y también: “¡Oh almas queridísimas, escuchad Mi Clamor desde lo Alto: “Llenad vuestros corazones de Mi Amor Divino” Llenad vuestros corazones y aprended a perdonaros unos a otros¡No os juzguéis los unos a los otros! Perdonándoos mutuamente comenzaréis a entrar en el Camino de la Unidad. Al no juzgar a vuestro prójimo, seréis llamados Verdaderamente Míos” (20.02.89)
¡Habéis escuchado el Clamor de lo Alto a “llenar nuestros corazones”! Porque, de hecho, todas nuestras palabras sólo tendrán efecto si el Amor Divino, como dice el apóstol Pablo, “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cf. Rm 5, 5). Y el Señor, que no cesa de recordarnos Su Palabra, nos lo confirma: “estos días te he estado enseñando, con deleite, cómo pueden hacerse dioses por participación todos Mis hijos e hijas, si ellos Me permiten hacer fluir en ellos Mi Divino Amor; quiero extender en ellos Mi Reino y tomar posesión de ellos como Yo quiero que ellos tomen posesión de Mí” (30.06.99)
Fr Vincent Cosatti
