1- El amor espiritual (amor incondicional) sin expectativas

El amor sin expectativas nos hace expansivos y nos ayuda a ver a Dios en los demás.

Ser capaz de amar a alguien incondicionalmente es algo a lo que todos aspiramos, pero en realidad encontramos que es difícil de realizar. Generalmente, cuando decimos que amamos a alguien, ese amor está plagado de expectativas y es condicional por naturaleza. Una vez que la persona actúa en contra de nuestros deseos, nuestro amor disminuye.

Sin embargo, el amor espiritual, o amor incondicional, es divino por naturaleza y no cambia según la circunstancia. Tal amor espiritual se encuentra en los Santos y en los que están ya avanzados en su búsqueda. En el amor espiritual se piensa más en los demás que en uno mismo.

No obstante, este amor espiritual (Amor incondicional) se desarrolla tras una suma considerable de práctica espiritual. Entonces uno se vuelve capaz de sobreponerse a sí mismo y percibir el Principio de Dios en los demás.

Cuando empezamos a desarrollar el amor espiritual (Amor incondicional), que es inmaculado y no se diluye con expectativas, experimentamos felicidad y contento. El amor mundano, que es amor con expectativas, se basa en semejanzas con la naturaleza de otra persona. Pero no hay garantía de que todos los aspectos de nuestra naturaleza sean semejantes o complementarios con la naturaleza de otra persona. Los conflictos y las dificultades empiezan en cuanto descubrimos las diferencias.

Por otro lado, el amor espiritual (Amor incondicional) de basa en el alma inmutable. Se parece al hilo que ensarta las perlas de un collar, sea cual sea la forma, el color o el tamaño – la naturaleza externa no es importante.

“El amor mundano o carnal es únicamente material, egoísta y mortal. Mientras que el amor espiritual es eterno, es intercambio, comunión con el otro y trascendencia hacia Dios Altísimo” (G.H).

2-Dios nos llama a ser su pueblo y sus bienamados.

La Iglesia de Dios es un pueblo de pecadores que se aman unos a otros, que comparten unos con otros todo lo que les atañe, que se construyen los unos a los otros y se sanan mutuamente mediante su amor espiritual, por lo tanto, es un pueblo unido en el amor de Dios.

San Pablo se dirige a los romanos y a los corintios, diciendo:

«Así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros.” (Romanos 12,15)

“Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.” (I Corintios 1:10)

“Por lo demás, hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.” (II Corintios 13,11)

3-El orgullo es un obstáculo para la unidad.

El orgullo es el mayor obstáculo para la unidad, es una fuente de divisiones.

El orgullo entra en nuestros corazones cuando nos miramos unos a otros por encima del hombro, cuando nos creemos mejores que los otros, más espirituales y más cerca de Dios.

A menudo es un sentimiento inconsciente de ser mejor que otra parte del cuerpo de Cristo, o que otra criatura divina.

El orgullo se infiltra inconscientemente cuando no permanecemos junto a la cruz, el sufrimiento y el sacrificio.

El orgullo es un problema espiritual, nos deshacemos de él permaneciendo cerca del Señor; es un gran obstáculo para la unidad del Cuerpo de Cristo, provocando esa manía de ponernos etiquetas unos a otros.

Aprendamos a confesar nuestro pecado, a perdonarnos unos a otros, a abrir nuestro corazón para compartir, a humillarnos, a orar, a glorificar a nuestro Dios, creador de toda la humanidad, y a evangelizar juntos sin tratar de cambiarnos los unos a los otros.

4-Somos miembros los unos de los otros.

Todos los que pertenecen a Dios son miembros de una sola familia, coherederos de su gracia.

Igual que en una familia normal, hay miembros que se llevan mejor, que tienen más cosas en común; lo mismo ocurre con la familia de Dios.

En nuestras familias terrenales, no renegamos de nuestro hermano sencillamente porque es diferente de nosotros.

Tampoco deberíamos hacerlo en la Iglesia porque somos miembros los unos de los otros.

No puede haber unidad en la sociedad humana sin perdón y sin disciplina, como dijo San Pablo a los Efesios: “Sed buenos, comprensivos, perdonándoos uno a otros como Dios os perdonó en Cristo.” (Efesios 4, 32)

El espíritu crítico es uno de los mayores enemigos de la unidad en la sociedad humana, de modo que tenemos que ser delicados en nuestras palabras y en nuestros consejos a los demás (si hacen falta…) y deshacernos de cualquier espíritu crítico negativo:

“Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad.” (Efesios 4,31)

Reconocimiento, aliento, acción de gracias, tales cualidades no se adquieren accidentalmente. Necesitan ser cultivadas hasta que se conviertan en una parte integral de nuestro modo de pensar y se reflejen a diario en nuestra actitud y acciones.

Necesitamos pasar tiempo en oración, en la presencia de Dios, para preguntarle cómo podemos, en Él, amar y alentar a los que nos rodean.

Conclusión

Si la Iglesia se une en el amor, se llenará de amor y se purificará; entonces será capaz de prender fuego al mundo con su ejemplo.

Que Dios nos conceda la gracia de vivir esta unidad dentro de nuestras parejas, nuestras familias, nuestros grupos, nuestra iglesia y nuestra sociedad, entonces el mundo exterior creerá en Dios y en Su Divino Amor, porque verá la autenticidad de nuestro testimonio y se volverá hacia Jesús cuando Él regrese de nuevo.

Sólo tú, Señor, puedes transformar las relaciones fraternas difíciles y volverlas armoniosas en el mundo a fin de que tu paz permanezca en medio de tu pueblo.

Leemos en el Salmo 133 lo siguiente:

  1. “¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía!
  2. Es como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba, por la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras.
  3. Es como el rocío del Hermón que va descendiendo sobre los montes de Sión. Donde se da esta armonía, el Señor concede bendición y vida eterna.”

 

Metropolita Georges Haddad S.M.S.P. Arzobispo greco- melquita de Bāniyās -Cesarea deFilipo; Paneade – Líbano